viernes, 17 de abril de 2009

El contador de cuentos.

Los árboles por lo general suelen estar en su sitio desde mucho antes de que nosotros fuésemos ni siquiera un anhelo para nuestros padres, hablo claro está de esos árboles adultos que para llegar a presumir de tal condición han tenido que ver pasar muchas estaciones y cambios a su alrededor.
Los bosques viejos por lo general están formados por centenares de miles de estos ejemplares de todas las especies; Pinos, robles, ayacahuites americanos, secuoyas y tantos otros forman los pulmones de nuestro planeta y representan quizás la memoria viva de la existencia del hombre en el planeta, pero no siempre estos bosques son lugares de vida natural y reglas de supervivencia. Existe en un lugar no muy lejano a cualquiera de nosotros un bosque especial, un lugar de vegetación asfixiante, oscuro y casi impenetrable. Puede ser cualquier lugar por los que habéis paseado en algún momento de vuestras vidas, puede ser incluso ese bosque que tan cerca tenéis y al que tantas veces acedéis para recolectar setas, observar a los pájaros silvestres o simplemente pasear con vuestro perro o pareja. Puede ser ese o cualquiera bosque porque la singularidad de este lugar es que sabe perfectamente pasar inadvertido a los ojos de aquellos seres bondadosos que nada tienen que ver con la maldad del hombre. Pero de este lugar, de este bosque encantado tengo que contaros una historia para que siempre tengáis presente en vuestros actos que la maldad del hombre siempre encuentra respuesta mayor en las fuerzas de creación de la naturaleza. Así dice nuestro relato.
Vivió hace tiempo en un campamento de carboneros un hombre pequeño de estatura, osco de origen y ruin de corazón, se llamaba Sabino Monterazzi y era por todos odiado y temido a partes iguales. Resultó que coincidiendo con el principio de la primavera las esposas de muchos de los carboneros se instalaron en el poblado con el fin de pasar algún tiempo con sus esposos. De la noche al día lo que era un lugar lúgubre se llenó de vida nueva, de mujeres limpiando por aquí y por allá, de fogones humeantes que desprendían olores a comida bien condimentada, pero sobre todo de niños y niñas, pequeños retoños que jugueteaban sin preocupaciones mientras sus padres sonreían felices ante sus chiquillerías.
Naturalmente Sabino no tenía mujer, ni novia, ni madre que lo cuidase y dado su carácter agrio y a su afición a crear polémicas por naderías se le veía siempre solitario, con sus vestimentas roídas por la mugre y con un juramento siempre presto en su lengua viperina. Nadie lo quería a él y él correspondía con un odio ciego incluso a las personas que por piedad o bobería se sentían inclinadas a olvidar sus formas y de cuando en cuando se ofrecían a ayudarlo en lo que fuese menester, pero Sabino siempre los ahuyentaba a todos maldiciendo y amenazando con la destrucción del mundo con sus propias manos.
No podían echarlo del campamento, gozaba como los demás de una concesión carbonera expedida por el duque de Osma, señor y amo de aquellos pagos y ante eso nada podían hacer salvo resignarse y aguantar como predicaban los curas en las iglesias.
Cierto día, a primera hora de la recién inaugurada mañana, un grito desgarrador cruzó el poblado de aquellas afables y trabajadoras gentes helando el corazón de todo aquel que pudo escucharlo, el grito era inconfundiblemente de una mujer por lo que, rápidamente todos dedujeron con una angustia recién estrenada que algo terrible había pasado. Los hombres estaban ya en el tajo, pero todos salvo una excepción acudieron prestos al poblado como si al grito de que viene el lobo todos los pastores acudiesen en manada para defender sus rebaños.
Las sospechas de que algo malo y terrible había sucedido no tardó ni siquiera un poco en pasar de sospecha a certeza. Al borde de un riachuelo que servía de acuífero para los pobladores se encontraba Agustina, la mujer del carbonero jefe, de ella había provenido semejante lamento y no era para menos. La mujer se encontraba de rodillas en el suelo y sobre su regazo yacía el cuerpo de su hija de quince años llamada Soledad, muy apreciada por sus padres y por la generalidad. Madre e hija parecían un ovillo de sangre, un todo dantesco y lastimoso. La niña estaba sin duda muerta, desgarrada por todo el cuerpo con una saña tal que incluso los hombres más fuertes de espirito huyeron con su mirada hacia otro lado. Su padre al llegar al lugar de autos y ver aquella escena enloqueció en el acto y se necesitó mucha presencia de ánimos para tratar de calmarlo en la medida que las circunstancias lo requerían. Sin duda, un ser vil y engendrado en las entrañas del mismo infierno había cometido el más atroz de los asesinatos en la figura de la joven Soledad, todo su cuerpo estaba apuñalado, como si el asesino quisiese dejar claro que su humanidad residía en el olvido y ya no quedaba en su ser más que el alma de una bestia de la naturaleza, ¿pero quién podría ser tan malvado y por qué ese crimen tan horrendo? Todos estaban allí menos la excepción, el osco Sabino no se encontraba entre ellos y si en una suma añadimos una al uno el resultante siempre será dos pensaron al unísono los carboneros. Sin dilación y dejando a las mujeres y a los más jóvenes al cargo de la familia enlutada, el resto se dirigió al lugar en donde el mismo demonio tenía su carbonera y allí lo encontraron, tranquilo a sus labores como el lobo que no sabe nada de las ovejas muertas. Lo rodearon y en segundos lo hicieron preso no sin antes darle una buena muela de palos y golpes en todo el cuerpo, el osco no tuvo tiempo siquiera para pedir clemencia y menos explicaciones. Lo condujeron al poblado en presencia de la familia huérfana de hija. Sabino comprendió la situación a pesar de que a punto estaba de desfallecer por los golpes recibidos, su adiós al mundo era cosa firmada ya, cuestión de formas más que de tiempo y los carboneros haciendo honor a su oficio decidieron que para que el hijo del diablo no gozase por más tiempo de este mundo lo mejor era honrarle con el fuego del averno de donde sin duda algún día una mala madre lo había engendrado. Lo terminaron de desfallecer a base de otra muela bien servida y luego dejaron su cuerpo en la carbonera que él mismo había empezando a confeccionar esa misma mañana. Con oficio, los carboneros terminaron tan singular obra con el cuerpo aún con vida de Sabino en su interior, todos colaboraron en tan prodigiosa ocurrencia con gusto y lástima por la fallecida, lo que hacía que con más saña acumulasen la leña para posteriormente y sin pompa prendieran la que sería la carbonera más recordada en tiempos, algunos que sobrevivieron a los acontecimientos recordaron años más tarde que del interior de la carbonera se escucharon gritos y juramentos durante los tres días que tardó el fuego en consumirlo todo. Para aquel entonces la niña Soledad ya había sido enterrada en cristiana forma y aunque era imposible para todos olvidar tan amargos sucesos, el poblado intentó restaurar la cotidianidad en sus vidas, no hubo preguntas entre ellos, nadie cuestionó la culpabilidad del osco, ¿quién acaso podría haber sido sino él? Nadie se sintió arrepentido de sus actos inmisericordes ni se cuestionó la autoridad moral de aquel asesinato. Ojo por ojo decía la biblia pero, ¿había sido Sabino en verdad el autor del crimen horrendo?
No suele la naturaleza perdonar los actos malvados de los hombres y no hay nada peor para nosotros como un bosque testigo de nuestros actos horrendos. Los árboles, testigos mudos de la verdad, habían visto como dos grandes injusticias eran cometidas a pie de sus raíces. Tan malvado era el autor del primer crimen como los autores y encubridores del segundo. Ambos habían sido actos crueles e injustos ya que la niña en verdad había sido asesinada con saña, pero no por aquel que de forma cruel pagó con su vida por la extraña afición que tienen los humanos para pagar con más mal el mal que se les ha hecho. Sabino era un hombre extraño sí, pero no un asesino.
Para desgracia de los carboneros y sus familias empezaron a suceder extraños acontecimientos en el bosque. De repente la rama de algún árbol se desprendía del tronco justo cuando algún carbonero pasaba por abajo, o extrañamente, al talar algún ejemplar este caía por sorpresa justo al lado contrario que por la lógica tendría que haberlo hecho. Estos accidentes empezaron a hacer mella en el ánimo de algunos carboneros que sospechando que el lugar estaba maldecido por sus actos decidieron poner sabiamente tierra de por medio, estos fueron los pocos que se salvaron y los que dieron noticias de lo acontecido al duque que, aterrado por la historia que le contaban organizó una expedición a las carboneras comandada por su propia persona.
Al llegar el señor con sus expedicionarios al campamento no dio crédito a sus ojos, el riachuelo bajaba con aguas turbias cuando no era tiempo de tormentas y los arbustos se habían tragado el poblado de los carboneros, de estos no quedaba rastro. Los caballos se enrabietaron nerviosos como intuyendo un peligro invisible y a todos los expedicionarios los vellos se les pusieron de punta cuando casi a tiro de piedra vieron a un hombre de escasa estatura trabajar sin descanso en una carbonera y con él, una joven de unos quince años ayudaba en la faena sin prestar atención a los recién llegados. Quiso el Duque ir hacia ellos mientras les llamaba a gritos pero al intentar avanzar un fuerte viento agitaba los árboles con fiereza y se escuchaba el crujido de los troncos al retorcerse de furia, el miedo se apoderó de todos y al retroceder por la inercia que este les provocaba cesaba la fuerza del viento volviendo los árboles a su aparente tranquilidad. Aquel bosque estaba maldito pensó el Duque, una lástima, de allí se abastecía del mejor carbón, tampoco se preocupó mucho por los carboneros desaparecidos y sus familias, extrañamente sabía que de alguna forma un poder más fuerte que el del hombre había impuesto su voluntad y había impartido justicia. De regreso no se habló de lo ocurrido, el Duque sabía que las figuras que habían visto eran las de los dos desgraciados muertos injustamente, decretó la prohibición de internarse en el bosque, cosa que no hacía falta dado que las noticias vuelan como aves migratorias.
Aún hoy día hay quien dice que en circunstancias, la pareja de asesinados se deja ver a incautos que pretenden turbar su existencia. De eso nada puedo decir, pero que en verdad alguna vez en mi vida he rodeado algún bosque por sufrir los mismos hechos que el Duque y sus expedicionarios si lo puedo atestiguar, lo que ya no sabría decir es si el bosque me rechazaba a mí o a mis acompañantes, en todo caso el miedo aún me persigue en sueños.
PD- El asesino de Soledad pudo ser cualquiera, yo tengo mis sospechas y si tú que me lees eres mujer, un consejo, desconfía y teme de aquellos que más te pueden querer, y si desconfías de alguien llévalo a un bosque y si este se manifiesta….. Huye de él y de tu acompañante.


Mareaxe.

2 comentarios:

  1. Buen cuento y buen consejo.
    En algún bosque he sentido escalofríos, es cierto, y unas irrefrenables ganas de irme. Ahora entiendo...

    Un beso grande.

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  2. Arg! No soporto escribir mi comentario y que me de error al publicar

    Te decía que cuántas veces juzgamos por apariencias, y que qué gran historia, como en la vida real, donde siempre queda la duda.

    Besos.

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