viernes, 6 de febrero de 2009

La leyenda del hombre árbol(III)

Torgas no estaba del todo convencido de que dormir en lo más alto de la litera no supusiese ningún peligro, sentía el miedo en el cuerpo solo de pensar qué pasaría si en uno de sus sueños alterados su cuerpo voltease y fuese a parar al suelo, pero él era el más joven de los tres hombres pájaro que habían entrado de guardia ese día en la atalaya del norte y las leyes lo dejaban claro, el más viejo ejercía el mando y el más viejo ahora mismo resultaba ser la persona que más odio sentía hacia él y seguro que haría todo lo posible para que la semana se le hiciese larga. El otro hombre que los acompañaba era Xurxo, gran amigo de su padre y que tendría unos cuarenta y cinco años, él ocuparía la plaza de en medio, y la de abajo, como no, ya se la había adjudicado Santos, su peor pesadilla. En vista del panorama desechó rápidamente la idea de acomodarse en el suelo y se encomendó a los dioses, no era cuestión de darle motivos al viejo para iniciar una bronca. A pesar de que la niebla no dejaba ver nada a dos palmos de distancia, salió del recinto y guiándose por su memoria se encaminó hacia un cobertizo anexo en donde se supone encontraría leña para encender el fuego, todo parecía estar en orden y cada cosa en su sitio, menos claro está, la luz del sol que no aparecía por ningún lado, lo que le hizo recordar que no sabía el por qué los habían mandado a hacer guardia si pasase lo que pasase por delante de ellos no lo verían. Recogió de un montón de leña varios troncos al azar y se encaminó de vuelta, pensó por un momento en Uri y se preguntó que estaría haciendo ahora, seguro que estará preparando su vestimenta para la noche de las siete lunas, ¡pero qué carajo! a este ritmo, si la niebla no se evaporaba o los hombres magos no hacen nada, este año no habrá noche de siete lunas ni ninguna otra, la comida escaseaba y todos intuían que más pronto que tarde de no mejorar la situación tendrían que irse a otro lugar, pero ¿a dónde? Procuró disipar sus temores antes de entrar, no quería que Santos intuyese su angustia, el viejo sabría cómo sacar provecho de la situación, era un cabrón de cuidado. Entró y se sorprendió del silencio que reinaba, pensó que los otros dos estarían acostados, ya que sin luz y sin nada que hacer lo mejor era eso, no hacer nada, colocó los troncos en la chimenea y con el pedernal se dispuso para encender el fuego, por lo menos tendremos algo de luz y estaremos calientes pensó, ya que aquí, a diferencia del pueblo los rayos solares no llegan nunca y parece la noche eterna, en pocos segundos una llamita dibujó algo de luz en la estancia, en pocos minutos los troncos arderían con vigor y se verían las caras los unos a los otros, quiso entonces apagar el fuego para no tener que cruzar la mirada con Santos pero desechó la idea al instante por absurda, además, Xurxo era buena persona y seguro que de buen grado le daría algo de conversación, se giró convencido de que el fuego ya no se apagaría y de que sus acompañantes estaban a su espalda en la litera, iría a por la cafetera y prepararía café, cuando de repente se dio cuenta, sus compañeros no estaban allí adentro, un escalofrío de terror recorrió de abajo a arriba todo su cuerpo, en un instante supo que algo pasaba, en el suelo un gran charco de sangre empezaba a brillar a la luz del fuego…..

2 comentarios:

  1. Chico me has aficnado tanto a esto que ya no puedo de parar de escribir ,para mi ya es como una droga,he mandado un relato corto a relatos solidarios el mio es el numero 68.por si lo quieres leer tambien esta en el blog.
    Gracias por tu inspiracion un abrazo de tu amigo de Zaragoza.
    Jose Manuel

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar